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Desde este lunes abarcando del 7-13 de septiembre, se está celebrando la Semana Mundial de Acción Contra las Enfermedades No Transmisibles (ENT), un problema en el que la alimentación juega un papel determinante.

En @EUFIC, el Consejo Europeo de Información sobre la Alimentación, destacan la presión arterial como uno de los factores clave en el desarrollo de las ENT, poniendo el foco en el consumo elevado de sal (sodio) como uno de los nutrientes relacionados con ello.

Me parece importante destacar desde aquí la labor de divulgación que se está llevando a cabo en este sentido, por ello voy a compartir con vosotros algunas de las infografías que han creado desde EUFIC para ilustrar este tema, a la par que os hago un resumen sobre la relación entre sal y presión arterial.

¿Qué lleva la sal que supuestamente la hace tan maliciosa?

La sal de mesa que todos conocemos mundanamente es cloruro sódico (el mítico NaCl), que contiene aproximadamente un 40% de sodio, el nutriente realmente de interés en este asunto alimentario.

Antes de nada, debemos saber que nuestro cuerpo necesita ciertas cantidades de sodio para llevar a cabo funciones hormonales y de regulación, como por ejemplo en el transporte de nutrientes o el control de las membranas celulares. Por lo que el sodio no es un elemento que debamos eliminar 100% de nuestra dieta, de hecho lo necesitamos para vivir.

Dicho esto, distintos estudios científicos a lo largo de los años han mostrado que, consumido en cantidades elevadas, el sodio se relaciona directamente con el aumento de la presión arterial o hipertensión, un conocido factor de riesgo para dolencias del aparato cardiovascular, así como otras muchas enfermedades metabólicas.

¿Por qué se recomienda reducir el consumo de sal?

Existen evidencias de que las reducciones moderadas de sal (es decir, una disminución de 5 a 3 g o 1 a ½ cucharadita al día) pueden conducir a una reducción de la presión arterial.

Sin embargo (esta es la parte fea), no existe un consenso sobre cómo se produce este mecanismo, ya que se aprecian diferencias entre individuos, siendo más propensos a mejorar sus parámetros saludables aquellas personas que ya contaban con un estado de hipertensión previo.

Las recomendaciones actuales emitidas desde autoridades como EFSA son las de fijar un consumo máximo recomendado de 5 g de sal al día, que son 2 g de sodio (aproximadamente una cantidad equivalente a una cucharilla).

Esta recomendación se establece porque el consumo actual en la Unión Europea es mucho más elevado. Según datos de la EFSA, la ingesta media de sal varía en toda la Europa, oscilando entre 8 y 12 g al día. En el siguiente gráfico podemos ver un consumo medio por países. España ocupa la mitad de la tabla, como en un buen año de Eurovisión.

¿Entonces, tenemos que tomar menos sal?

Durante los últimos años ha resultado ligeramente controvertido establecer hasta qué punto exacto la sal en la dieta es un factor crucial en los problemas con la hipertensión, al contrario de lo que se creía tradicionalmente. De hecho, se cree que factores como la actividad física podrían tener una implicación mucho mayor.

A pesar de ello, las estrategias de reducción de sal en los alimentos podrían ser útiles para minimizar el impacto negativo que puede darse en la salud poblacional. Eso sí, teniendo claro que los problemas de salud globales no son debidos mayoritariamente a la sal, sino que es uno de tantos factores que debemos tener en cuenta a la hora de mejorar nuestra salud.

El principal problema sobre el consumo de sal se concentraría en aquella que consumimos sin darnos cuenta a través de los ultraprocesados, al igual que sucede con el azúcar oculto. Por ello, no es prioritario renunciar a la sal a toda costa, sino simplemente tratar de utilizarla en las cantidades adecuadas en casa y aprender a identificar la ajena a través del etiquetado alimentario.

Además, recurrir a sales bajas en sodio y ricas en potasio también puede ser una estrategia interesante en casa para reducir las ingestas. Incluyendo más potasio en la ecuación, ya que ayudamos a minimizar estos perjuicios a través un balance más equilibrado entre sodio/potasio.

Gracias por leerme.

Mario.

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